Entrevista Ales Santos: «El trabajo manual me ha llevado a querer trabajar más con las manos y menos con la pantalla»

Podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que el trabajo de Ales Santos es una sublimación de lo castizo, que es la versión puramente madrileña de lo urbano. La cultura de barrio de los años setenta y ochenta llevada a su quintaesencia a través de la tipografía y la rotulación manual, pero también mediante unas ilustraciones que nos retrotraen al universo del TBO, y de maestros del humor gráfico como Mingote, Gila o incluso Ibáñez. Una genealogía que pasa por el graffiti y le lleva directo a integrarse como miembro de pleno derecho de la Familia Plómez.

Ales Santos pasa por ser un artesano del diseño, un profesional incansable y sólidamente formado que se mancha las manos y que nos recuerda que el buen diseño siempre es contemporáneo. Un oficio el de diseñar que gracias a tipos como él todavía pervive con buena salud al margen de las omnipresentes pantallas. 

Empecemos por hablar de los fundamentos de tu trabajo. Cuéntanos un poco sobre tu origen y tu trayectoria. ¿Tus proyectos nacen de la ilustración y de ahí te acercas a la letra, o ambas cosas han ido creciendo en paralelo? 

No te sabría decir, la verdad. Bien analizado, todo viene de lejos. Desde niño me ha gustado mucho dibujar, casi como a cualquiera. Quizá era (y soy) algo obsesivo y perfeccionista. Y el gusto por la letra, también surgió de niño. Recuerdo que me fascinaban las firmas de mis padres. Tenían una preparación y una construcción muy bien hechas. Además en el colegio me encantaba copiar la letra de la gente que consideraba bonita. Tal es así que en una época me dio por hacer una letra muy elegantona con ascendentes muy pronunciados y, en el primer examen que hice, la profesora decía que esa letra no era mía.

En la adolescencia vino el graffiti. Y de ahí al lettering y la caligrafía hay un paso. Una dinámica que se repite en mucha gente del sector. 

La ilustración fue algo que nunca desapareció pero un tiempo estuvo muy dormida. Dibujaba mucho en el instituto, durante las clases. Pero acabé metido en ADE (el que vale, vale. Y el que no, para ADE). Luego hice un FP de artes gráficas y de ahí di con la ESDIP (escuela superior de dibujo profesional) donde cursé 3 años. Paralelamente estaba en mi época más graffitera y, además, trabajando en Molaría. Ahí di con gente maravillosa (la importancia de la suerte en la vida) que me abrieron los ojos al mundo comercial de verdad de la ilustración y, sobre todo, las letras. Desde aquí, gracias a toda la gente con la que di allí. A partir de momento, y con muchas horas a la espalda, fui echando las raíces de este proyecto vital.

Aunque tu práctica es muy versátil, hay una conexión muy clara con lo artesanal, lo castizo y la gráfica popular, especialmente en los rótulos clásicos. ¿De dónde nace esa mirada? ¿Qué te interesa rescatar hoy de ese imaginario?

Creo que el haber crecido en cierta generación ha ayudado mucho a ir hacia lo manual. Desde niño, dibujando. Pero también jugando. Que si canicas, chapas, haciendo tirachinas de todo tipo, fútbol… hasta el graffiti en la adolescencia tardía. Siempre he estado muy alejado de las pantallas. No tuve un ordenador en casa hasta bien entrado el instituto y lo usaba poco. 

La parte del interés en la historia, todo lo castizo y los rótulos viene más adelante aunque tiene mucha relación con mi infancia. Siempre me han fascinado los «grasa-bares». Buena parte de mi infancia la he pasado entre prácticamente tres bares donde mis padres (sobre todo mi padre) iban a chatear y a echar la partida, y yo jugaba con los hijos de los dueños. Te conocía todo el mundo en bares y comercios. Por otro lado, siempre me interesaron y me llamaron la atención los rótulos, sobre todo los más caligráficos y los que estaban pintados en cristal. 

Pero en una época se juntaron varios factores: independizarme (de la periferia al centro), el curso de tipografía de Familia Plómez y el fallecimiento de mi padre. Ver cómo desaparecía ese tipo de bares donde tantos buenos ratos pasé, esa conexión con mi padre y la investigación y profundidad que hay detrás de los proyectos tipográficos me hizo click: bares, rótulos, tipografía. 

Poco a poco fui cambiando mi mentalidad. Un proceso sin pensar y paulatino. Así, me empecé a fijar más en lo que había a mi alrededor. Todo me gustaba y me preocupaba, lo cercano, lo humano. Junto con ese sentimiento que había dentro de mí en torno a esa ausencia y esa infancia y la huella que quería dejar con mis trabajos en la gente. 

Trabajas entre lettering, caligrafía y tipografía. ¿Cómo conviven estas disciplinas en tu día a día?  ¿Qué te aporta cada una? Por ejemplo, ¿qué te da la caligrafía que no te da la tipografía?

Realmente se entrelazan en muchas ocasiones. Para muchos trabajos de lettering, los bocetos los hago usando la caligrafía como base. Luego ya escaneo o hago foto, y retoco. Y un proceso similar puede suceder trabajando una tipografía. Y muchas veces los tres procesos: caligrafía > rotulación > tipografía. 

La caligrafia a día de hoy la veo como una herramienta de experimentación muy útil y rápida. Coger una herramienta y escribir porque sí. De pronto empiezas a recuperar la mano, disfrutar, sacar ideas y coger otras plumillas o utensilios para hacer mezclas de estilos, probar rarezas… Además que de vez en cuando salen proyectos puramente caligráficos.

Algo parecido pasa con la rotulación o lettering, lo que pasa que es algo más laborioso. Aquí es donde mejor me lo paso, creo. Porque si me lo preguntas en otro momento quizá te diga la tipografía. Pero es cierto que juego mucho más con las formas de las letras. 

Al final tenemos a la tipografía que me parece una forma maravillosa de plasmar los experimentos más interesantes y llevarlos a otro nivel más profundo. Aquí hay una parte en la que me lo paso bomba: cuando dibujas, pruebas, corriges, empieza a funcionar… pero luego me cuesta llegar hasta el final. Algún capón me he llevado por tener muchas tipografías empezadas. Juanjo no levanta cabeza conmigo, jaja.

Aunque la letra ocupa un lugar central en tu trabajo, la ilustración sigue muy presente. ¿Qué te permite la ilustración que no te permite la tipografía?

Crear escenas que se me ocurren. Chistosas o absurdas. Además juego con otro tipo de formas, texturas y acabados. Me fijo mucho en las referencias, cómo es la textura, el color, los bordes, las formas, las líneas. Soy muy obsesivo, por si no ha quedado claro jaja. Además, llevaba tiempo buscando la forma de aunar estas pasiones y poco a poco lo voy consiguiendo. La ilustración es un complemento perfecto para la rotulación y la cartelería. Me lo paso genial en la libreta inventando anuncios y chorradas en los que se combinen ambos. En ocasiones con más protagonismo en la letra y en otras al revés.

En tu trabajo tipográfico has colaborado con fundiciones como Sudtipos o con Juanjo López y sus Manufacturas Tipográficas Madrileñas. ¿Qué te aporta ese marco frente al trabajo independiente? ¿Qué valoras o buscas en una fundición?

Fama y dinero. Mucho jaja. No, es broma. Por un lado colaborar con otras fundiciones me ayuda a terminar las tipografías. Si no, me enredo en seguir dibujando, añadiendo, puliendo… A veces necesitamos un «jefe» que nos diga: «Basta, esto está bien. Manda el archivo y sigue con otra». Por otro lado ayuda a llegar a más gente, a un público mucho más amplio. Que unas tipografías tuyas pasen por el filtro de calidad de Ale Paul o de Juanjo López es para sacar pecho. Que se vendan más o menos no me importa tanto, aunque todo el mundo queremos ganar algo con ello. 

Luego está la parte del aprendizaje. Cíticas, puntos de vista. Lo que digo, estás compartiendo tus archivos o impresiones con gente que es una referencia en este mundo y te están corrigiendo, ayudando. Eso es aprendizaje express. 

Y por último la satisfaccion verlas acabadas y que el resto del mundo las pueda utilizar como herramienta para crear.

Además, trabajas para clientes y encargos muy distintos. ¿Cómo te enfrentas a esa diversidad? ¿Cambia tu manera de abordar un proyecto según el contexto o hay una forma de hacer que se mantiene siempre?

Como comentaba, todos los proyectos empiezan con el lápiz y papel como «lienzo». La parte de bocetos y algo de digitalización casi es común a todos.

Pero es cierto que a veces se juntan proyectos muy diferentes y ahí entro un poco en conflicto. Tengo épocas con más trabajos de rotulación que físicamente son más exigentes y de pronto entran otros de campañas digitales o algo de diseño que me atan a la silla. En esos días o semanas tengo que hacer verdaderos malabares para encajar tiempos, cambiar el chip de tipos de trabajo y no morir físicamente en el intento. Eso sí, adoro no estar haciendo siempre lo mismo.

Formas parte de Familia Plómez, un proyecto muy ligado al oficio y a la práctica física de la tipografía. ¿Cómo llegas a ellos? ¿Qué significa para ti hoy trabajar con tipos móviles en un entorno tan digital? ¿Qué te ha aportado ese aprendizaje más material?

No recuerdo cómo di con ellos, pero en su día me dejé unos cuantos euros en talleres. Era maravilloso ver lo que había montado ese colectivo. Los talleres que hacían (y hacen/hacemos).Y para rematar, el curso de tipografía, que lo disfruté como un enano. Ahí ya dijeron: vamos a meter en la familia a este chaval que si no, se arruina.

Pero algo que aporta y valoro muchísimo es el tiempo. Tiempo de calidad, de foco. Cuando estás en el taller hay pocas distracciones. Tienes que pensar qué tipos, qué composición, que papel. Y luego, componer: proceso en el que piensas y trabajas casi tanto la parte visible como lo invisible (los blancos) de tu póster, página o lo que vayas a hacer. Y luego imprimir: elegir tintas, mancharte, mezclar, limpiar. No hay mails, no hay pestañas de navegador, ni ochocientas referencias a la vista, notificaciones… Hay tiempo dedicado. De alguna manera me ha ido «condenando» cada vez más a querer trabajar más con las manos y menos con la pantalla.

No puedo acabar la pregunta sin hablar de lo geniales que son todos y todas. Que eso aporta mucho y ayuda a querer continuar siempre con el proyecto.

Da la sensación de que no paras: proyectos, docencia, tienda, newsletter… ¿Cómo es tu rutina de trabajo? ¿Cómo te organizas?

No paro, no. Todo tiene o tendrá un precio. Rutina como tal, diría que no tengo. A ver, normalmente los lunes por la mañana me hago una especie de esquema de todo lo que tengo esa semana y lo voy distribuyendo. Aunque a veces me lo salto. Mi idea es tener días en los que quepan un poco de deporte (a poder ser a primera hora de la mañana), un parón para cocinar si puedo, comer y echar una minisiesta de 20 minutillos (sí, como leéis). Y, para cerrar el día, me gusta alternar un poco, salir de casa. Me parece muy importante el contacto humano. Los días que no salgo acabo poniéndome con mis cosas. Alargo mucho la jornada pero es la forma de hacer todo lo que quiero. Y esos momentos sin mails, WhatsApp, llamadas… Los disfruto. Son para mí. Y cunden mucho. Esto es lo más parecido a una rutina. 

Lo que no tengo son días ni momentos específicos para dedicar a la newsletter, RRSS o responder mails. Esas cosas las voy viendo en función de la intensidad del día o las ganas que tenga.

Mirando hacia adelante, ¿hay algo que te gustaría hacer y aún no has hecho?

Muchísimas cosas. Demasiadas. Si me pongo a pensar saco una buena lista. Alguna como montar un tipo de taller semanal o similar, que funcione a lo largo del tiempo, no clases esporádicas. Por otro lado me encantaría poder crear una fundición de tipos, dedicarle más tiempo a la tipografía. También hacer más cosas tangibles propias.

Y no es que no lo haya hecho, pero me gustaría colaborar, trabajar más codo con codo con gente. Creo que estamos en profesiones bastante solitarias y en un mundo cada vez más individualista del sálvese quien pueda. Y el contacto con gente es lo que nos mantiene humanos. Ahí están proyectos como Plómez, Fetén Letters o Cañas y Tipos que me gustaría que siguiesen mucho en el tiempo. Quizá lo que más ganas tengo, pero cuesta, es culminar el proyecto de Fetén Letters. Llevamos muchos años con él. Y, claro, todos tenemos nuestros trabajos, nuestras vidas y cuesta ponerse manos a la obra. Pero es un proyecto precioso que, seguro, terminaremos.

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